El color de La Candelaria. Arqueología, historia y patrimonio

Elaborado por el historiador Mauricio Hoyos Rueda Julio 30 de 2024

Calle 10 -Libro azul de Colombia. 1918

Contexto

La historia de una ciudad no es solo una línea de tiempo ordenada y progresiva; más bien, es como un rompecabezas de capas superpuestas que se construyen y reconstruyen con el tiempo. Aunque a veces se espera que los cambios sean acumulativos y ordenados, en la realidad, las intervenciones humanas generan modificaciones que rompen con esa lógica.

Un buen ejemplo es el barrio La Candelaria en Bogotá, donde las fachadas de las casas han sido pintadas y repintadas con distintos colores a lo largo del tiempo, reflejando no solo decisiones estéticas sino también transformaciones ideológicas y culturales. Estas modificaciones no siempre responden a una evolución lineal, sino a la manera en que cada generación reinterpreta su pasado.

La calle 10, en el centro histórico de Bogotá, es clave para entender este fenómeno. Desde la época colonial, ha sido un corredor importante, albergando instituciones clave como el Colegio Máximo de los Jesuitas y la Real Audiencia. Con el paso del tiempo, la calle ha sido testigo de cambios urbanos constantes, donde los colores de sus fachadas y los materiales utilizados revelan una historia más compleja de lo que aparenta a simple vista.

Analizar estos cambios requiere ir más allá de los documentos históricos y observar la evidencia material en el espacio urbano. Preguntas como ¿qué significan los colores de las fachadas en distintos momentos de la historia? o ¿cómo han evolucionado los materiales de construcción?, nos ayudan a comprender cómo la ciudad y sus habitantes han ido moldeando su propio pasado a lo largo del tiempo.

Método

Para entender la historia de la calle 10, es clave revisar distintas fuentes que ayuden a interpretar su evolución y la vida de quienes la han habitado. La idea es escribir un informe que no solo describa los cambios en los edificios, sino que también capte la riqueza de su entorno social.

El proceso de investigación se divide en dos partes: primero, se recopilan documentos clave sobre la historia de los inmuebles; luego, se analizan para identificar patrones y conexiones. Con esto, se crean categorías que permiten entender aspectos como la evolución de las fachadas, las dinámicas sociales y los cambios políticos que han influido en la zona.

Para lograrlo, se consultan archivos notariales, bibliotecas, hemerotecas y otras fuentes que permitan reconstruir el pasado de los edificios y su uso a lo largo del tiempo. La búsqueda no se limita solo a documentos oficiales (como decretos y contratos), sino que también incluye artículos de prensa, planos arquitectónicos e incluso fuentes internacionales, cuando es necesario.

Este enfoque ayuda a interpretar cómo la gente ha habitado y transformado la calle 10 en diferentes épocas. No se trata solo de reunir datos técnicos sobre los edificios, sino de entender el contexto social y cultural detrás de ellos. Muchas veces, los documentos no ofrecen información exacta sobre fechas o medidas, pero sí permiten reconstruir la historia con una perspectiva más amplia.

Además, la investigación tiene en cuenta que la manera de medir y describir el espacio ha cambiado con el tiempo. La forma en que un habitante de Bogotá en el siglo XXI entiende su ciudad es muy diferente a como lo hacía alguien en el siglo XVI. Por eso, es clave utilizar metodologías que permitan comparar distintas épocas sin caer en errores anacrónicos.

Para armar este estudio, se han consultado archivos nacionales y de Bogotá, revisado periódicos antiguos y analizada literatura académica sobre el desarrollo de la ciudad. También se han explorado bases de datos internacionales para complementar la información con fuentes extranjeras. En resumen, el objetivo es contar la historia de la calle 10 no solo desde la arquitectura, sino desde la vida de sus habitantes y los cambios urbanos que han marcado su identidad.

Análisis de fuentes

La ciudad de Santafé de Bogotá se desarrolló principalmente a lo largo de la Calle Real, lo que hoy es la Carrera Séptima, con un crecimiento alargado de norte a sur, paralelo a los cerros. Al principio, las casas no llenaban las manzanas de inmediato; la ocupación fue más lenta y se dio con el aumento de población en el siglo XVIII.

Entre los siglos XVI y XVIII, la estructura urbana cambió muy poco. Desde su fundación, la construcción de edificios fue pausada y no hubo muchas modificaciones en la distribución de los solares ni en la estética de las casas. No había un criterio fijo para dividir los terrenos: podían ser de diferente tamaño y su repartición dependía de la importancia de las personas que los recibían. Además, con las ventas y herencias, los terrenos podían cambiar de forma con el tiempo.

En el siglo XVI, la mayoría de las casas eran muy modestas, y solo unos pocos lograban construir viviendas de teja y barro. A principios del siglo XVII, la Real Audiencia intentó mejorar la apariencia de la ciudad y prohibió las casas con techos de paja en las calles principales, ya que eran un peligro por los incendios.

La construcción de edificios religiosos también enfrentó dificultades. Un ejemplo es el convento de la Concepción, cuya construcción inició en 1583, pero el templo solo se inauguró en 1595. A pesar de recibir financiamiento, hacia 1606 aún no estaba terminado, y las monjas pidieron ayuda a la Audiencia porque estaban en condiciones precarias y necesitaban apoyo económico.

También hay registros de disputas por propiedades, como la de Francisca de Ortiz en 1609, una viuda que luchó por unas casas en la “calle del matadero”. No está claro dónde estaban exactamente los primeros mataderos y carnicerías, pero en 1602 el cabildo ya reconocía la necesidad de construir un lugar adecuado para este fin, con portales y espacio suficiente para el sacrificio de ganado.